Sobreproteger por amor: cuando el cuidado se convierte en barrera

Ningún padre ni madre nace sabiendo cómo criar a un hijo con discapacidad. Nadie les entrega un manual. Y en ese vacío, muchos hacen lo que el instinto dicta: proteger. Anticipar el peligro. Resolver antes de que aparezca el problema. Estar siempre un paso adelante.

Lo hacen con amor. Y a veces, sin darse cuenta, ese amor se convierte en una barrera.

Lucas Romero, que trabaja hoy en proyectos de inclusión laboral, lo contó con mucha honestidad en Capaces y Distintos, el programa de Farfalina que puede verse en YouTube:

«Mis papás me asistían en la ducha hasta bastante adulto, ya pudiendo caminar. Nadie les había dicho cómo. ¿Quién los acompañó para decirles qué necesitaba su hijo? Nadie.»

Lucas no lo dice con rencor sino haciendo una retrospectiva, treinta años atrás, teniendo en cuenta el contexto de esa época. Pero también reconoce el costo: crecer sin la oportunidad de experimentarse, de conocer los propios límites, de descubrir lo que uno puede cuando nadie resuelve primero.

¿Qué es la sobreprotección en el contexto de la discapacidad?

No tiene que ver con mala voluntad. En general, el sentimiento es el miedo. Miedo al dolor del hijo, al rechazo, al fracaso, a la mirada del otro. Es la convicción —muchas veces inconsciente— de que el mundo va a lastimar a esa persona si no la cubrimos lo suficiente.

El problema es que al proteger de todo, también se protege de las experiencias que permiten crecer: equivocarse, pedir ayuda, resolver algo solo, frustrarse y seguir. Esas experiencias, pequeñas y cotidianas, son las que construyen autonomía.

Una persona que nunca tuvo que pedir porque siempre le anticiparon, que nunca pudo decir «no puedo» porque alguien ya lo hizo por ella, llega a la adultez sin las herramientas más básicas para moverse en el mundo. No porque no pueda sino porque nunca le dieron la oportunidad de descubrir que podía.

Señales que vale la pena revisar

Algunas preguntas para las familias, sin ánimo de juzgar sino de abrir conversación:

  • ¿Tomás decisiones cotidianas por tu hijo/a que él o ella podría tomar, aunque lleve más tiempo?
  • ¿Anticipás sus necesidades antes de que las exprese?
  • ¿Sentís que si algo sale mal es tu responsabilidad?
  • ¿Te cuesta imaginar que pueda hacer cosas sin tu presencia?
  • ¿Evitás situaciones nuevas porque te parece que pueden ser muy difíciles para él o ella?

Si varias de estas respuestas son «sí», no te sientas culpable. Es un punto de partida.

Lo que ayuda

Empezar por lo pequeño. La autonomía no se conquista de golpe. Se construye en decisiones chicas: elegir qué comer, decidir qué ponerse, manejar una pequeña cantidad de dinero. Cada micro-decisión es práctica real.

Tolerar la incomodidad propia. Ver a un hijo esforzarse, frustrarse o equivocarse es difícil. Pero esa incomodidad que sentimos como adultos no es señal de que algo está mal — es señal de que la persona está aprendiendo.

Preguntar antes de resolver. Antes de anticipar, preguntar: «¿Qué necesitás?» o «¿Cómo querés manejarlo?» devuelve la palabra y la decisión a quien le pertenece.

Buscar acompañamiento para la familia también. Lucas lo señaló claramente: sus padres no tenían a nadie que los guiara. Hoy hay más recursos. Tener un espacio de orientación familiar no significa rendirse; es hacer mejor el trabajo más importante.

Confiar en el proceso terapéutico. El equipo que acompaña a la persona con discapacidad puede ser un aliado fundamental para ir ampliando gradualmente los márgenes de autonomía, con apoyo y con red.

Desde Farfalina

En Farfalina trabajamos con las personas y con sus familias, porque sabemos que la autonomía se construye en ese vínculo. Acompañamos a las familias a soltar de a poco, con información y con sostén, para que ese amor que siempre estuvo pueda transformarse en la mejor base para un proyecto de vida elegida.


Esta nota surgió de la conversación con Lucas Romero en el primer episodio de Capaces y Distintos, el programa de Farfalina. Podés ver el episodio completo en nuestro canal de YouTube.

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