¿Incluir o convivir? Por qué la palabra que usamos importa

Hay una palabra que se repite en discursos, leyes, campañas y conversaciones sobre discapacidad: inclusión. Se habla de inclusión educativa, inclusión laboral, inclusión social. Suena bien. Suena a apertura, a avance, a justicia.

Pero hay una pregunta que vale la pena hacer: ¿incluir a quién, y desde dónde?

Jean Maggi, emprendedor, deportista paralímpico y referente en discapacidad, lo plantea con una imagen concreta: «Incluir en una torta: incluyo dos huevos, un kilo de harina y hago una masa. Eso es incluido. En cuestiones de personas con discapacidad no hay inclusión. Somos todos parte de lo mismo.»

La palabra inclusión supone que hay un adentro y un afuera. Que existe un espacio —la empresa, la escuela, la sociedad— que funciona de cierta manera, y que la persona con discapacidad debe ser incorporada a él. Alguien abre la puerta. Alguien deja entrar. La iniciativa, el gesto, la decisión, pertenecen a quien ya estaba adentro.

Pero ¿qué pasa si la pregunta no es cómo incluir, sino cómo convivir?

Una diferencia que no es solo semántica

Convivir implica otra cosa. Implica que todos ocupamos el mismo espacio desde el principio, con distintas características, distintas necesidades, distintos aportes. Nadie incluye a nadie porque no hay un afuera del que venir. La pregunta no es «¿cómo hacemos lugar?», sino «¿cómo nos organizamos para que este espacio funcione para todos?»

Ese cambio de pregunta cambia todo lo que sigue.

Cuando una empresa se pregunta cómo incluir a una persona con discapacidad, el foco está en la persona: en su diagnóstico, en sus limitaciones, en lo que hay que adaptar para ella. Cuando se pregunta cómo construir un equipo diverso que funcione bien, el foco está en el entorno, en los procesos, en la cultura organizacional. Es una diferencia enorme.

Lo mismo ocurre en la escuela, en el barrio, en cualquier espacio compartido.

Por qué seguimos usando «inclusión»

La palabra tiene historia y tiene peso legal. Las leyes hablan de inclusión. Los programas se llaman así. No se trata de descartarla de un día para el otro ni de discutir terminología mientras hay derechos sin cumplirse.

Pero sí vale la pena saber lo que la palabra lleva adentro. Saber que cada vez que hablamos de incluir, estamos reforzando —aunque no queramos— la idea de que hay personas que pertenecen por defecto y personas cuya pertenencia depende de una decisión ajena.

Y eso tiene consecuencias reales: en cómo se diseñan las políticas, en cómo las empresas abordan la contratación, en cómo las familias piensan el futuro de sus hijos, en cómo las propias personas con discapacidad se perciben a sí mismas.

Hacia dónde queremos ir

En Farfalina trabajamos con la convicción de que la discapacidad no define a una persona ni la ubica afuera de nada. Cada persona —con o sin discapacidad— tiene un lugar en el mundo, y ese lugar no depende de que alguien se lo conceda.

Nuestro trabajo no es incluir a las personas con discapacidad en una sociedad que funciona sin ellas. Es acompañarlas a construir una vida elegida, en un mundo que todavía tiene mucho por aprender sobre cómo convivir de verdad.

Jean Maggi cerró esa idea con honestidad: «Deberíamos hablar de convivencia. Pero estamos muy lejos.» Puede ser. Pero nombrar hacia dónde queremos ir es el primer paso para empezar a caminar.

Esta nota surgió de la conversación con Jean Maggi en el segundo episodio de Capaces y Distintos, el programa de Farfalina. Podés ver el episodio completo en nuestro canal de YouTube.

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