Hay una escena que Jean Maggi, deportista paralímpico y emprendedor referente en discapacidad, describe con precisión incómoda: el que no hace cola. El que no paga la entrada. El que recibe beneficios sin pedirlos, simplemente por estar presente con su silla de ruedas o su bastón.
«El pobrecito hace que no hagas cola, hace que no pagues una entrada, hace que tengas muchos beneficios», dijo en Capaces y Distintos, el programa de Farfalina. Y agregó algo que no suele decirse en voz alta: «Pero son cosas que a la larga o a la corta te van a terminar dañando. Porque no hay nada mejor que poder sentirse útil en la vida.»
Lo dice desde la experiencia propia: él mismo transitó años en ese lugar antes de reinventarse.
¿De qué hablamos cuando hablamos del rol de víctima?
No nos referimos a las personas que reclaman derechos. No hablamos de quienes exigen rampas, accesibilidad, cupos laborales, presupuesto en salud. Eso es otra cosa: es ciudadanía, es justicia, es absolutamente legítimo.
Hablamos de algo más sutil. De la posición en la que una persona —muchas veces sin darse cuenta, muchas veces empujada por un entorno que la sobreprotege— aprende a relacionarse con el mundo desde la lástima ajena. A esperar que las cosas lleguen. A no exigirse porque el diagnóstico funciona como justificación permanente. A quedarse cómoda en un lugar que, aunque no es el que elegiría, al menos es predecible.
Es una trampa. Y como toda trampa, es más fácil de ver desde afuera que desde adentro.
Cómo se construye esa posición
El rol de víctima no aparece de la nada. Tiene una historia.
Aparece cuando un niño crece rodeado de adultos que resuelven antes de que él pueda intentarlo. Cuando la escuela lo separa «para que no sufra». Cuando la familia dice «pobrecito» en voz baja pero audible. Cuando el entorno comunica, de mil maneras distintas, que esta persona no puede, no debe, no tiene que esforzarse igual que los demás.
Con el tiempo, ese mensaje se internaliza. Y la persona empieza a relacionarse con el mundo desde ese lugar: soy diferente, soy frágil, el mundo me debe algo. No porque sea mala persona ni porque sea floja. Sino porque eso fue lo que aprendió sobre sí misma.
Jean lo vivió. Llegó a los 37 años sin haber aceptado su condición, sin hacer deporte, acumulando peso y distancia de sí mismo. Fue un infarto el que lo sacudió. Y desde entonces dedica buena parte de su energía a que otros no necesiten llegar tan lejos para despertar.
La diferencia entre derechos y comodidad
Hay una distinción que vale la pena hacer con claridad: reclamar derechos no es victimismo. Es lo opuesto.
Una persona que exige que su lugar de trabajo tenga rampa, que pide que le expliquen sus tareas por escrito, que dice «yo no puedo hacer ese recorrido», está ejerciendo agencia. Está conociéndose, nombrando sus necesidades y pidiéndole al entorno que se adapte. Eso requiere valentía y autoconocimiento.
El rol de víctima es otra cosa: es usar la discapacidad como escudo permanente, como razón para no intentar, como moneda de cambio para obtener consideración sin construir nada. Es esperar que el mundo te cuide sin preguntarte qué querés construir en él.
La diferencia entre uno y otro no siempre es obvia. Pero existe, y vale la pena nombrarla.
Una pregunta para el entorno
Si el rol de víctima se aprende, también se puede desaprender. Pero eso no es algo que la persona con discapacidad pueda hacer sola.
El entorno tiene una responsabilidad enorme: ¿qué mensajes está enviando? ¿Cuándo ayuda porque es necesario y cuándo ayuda porque no puede tolerar ver a alguien esforzarse? ¿Cuándo celebra los logros y cuándo los minimiza porque «igual con su discapacidad es suficiente»?
Las familias, los equipos terapéuticos, las escuelas y las empresas forman parte de esa respuesta. Cada vez que alguien resuelve por la persona con discapacidad algo que ella podría resolver sola, está eligiendo —sin saberlo— reforzar esa posición.
Desde Farfalina
En Farfalina acompañamos a las personas con discapacidad a construir un proyecto de vida que sea propio: elegido, exigente cuando tiene que serlo, apoyado donde hace falta. Creemos que sentirse útil, tener metas, poder equivocarse y seguir, son parte del bienestar igual que cualquier terapia.
Porque el objetivo nunca es que la persona esté cómoda en un lugar que no eligió. Es que pueda elegir el lugar donde quiere estar.
Esta nota surgió de la conversación con Jean Maggi en el segundo episodio de Capaces y Distintos, el programa de Farfalina. Podés ver el episodio completo en nuestro canal de YouTube.


